Texto : Antonio Caballero   Fotos : Yasumasa Morimura, Robert Mapplethorpe, Derek Jarman y Jack Smith

Bandoleros del siglo XXI. Masculinidades y disidencias del género

Si bien es verdad que sería demasiado ambicioso considerar el régimen heteropatriarcal derrotado, es evidente que su dominio es cada vez más cuestionado. Por ello nos interesa aproximarnos a cómo se constituyen los que lo interpelan ¿quiénes son estos desobedientes hoy en día? ¿quiénes se reconocen bajo estas nuevas identidades constantemente redefinidas?

La figura que hemos escogido como posible nueva denominación del campo de estas prácticas interpeladoras es la del “bandolero”. Consideramos que las características del “bandolerismo” son pertinentes para emerger como nuevo nombre que denomine estas nuevas subjetividades. El cuento y la leyenda construyeron la figura del “bandolero” mucho más que los datos “objetivos” sobre su identidad; eran sin duda subjetividades escurridizas, expuestas a la especulación sobre su origen, edad y género. De hecho, renunciaban a su nombre propio, escondiéndose bajo una nueva denominación, en su caso, un apodo que les describiera. Los esfuerzos de la ley por fijar la identidad del bandolero serían desbordados por el relato popular, vigente muchas veces durante años posteriores a la captura de este, dada la imposibilidad de categorización y fijación de sus identidades. Su disidencia y desobediencia nos llevan a proponer como su correlato contemporáneo a algunas figuras indefinidas y no-categorizadas de nuestra sociedad y que aparecen representadas en las obras de algunxs artistas y creadorxs que, a través de su exhibición, rompen con el orden establecido y con cualquier tipo de categorización opresora, proponiendo un nuevo sentido de lo “masculino”.

A finales del siglo XIX los retratos fotográficos de los bandoleros servían a las fuerzas del orden para intentar acabar con la idealización de estas personas libres y regularlas dentro de lo que la norma y el poder dominante establecían. A diferencia del archivo del gobernador civil de Córdoba, Julián Zugasti, quien se sirvió de la fotografía como instrumento de control para la realización de un archivo de bandidos y bandoleros a finales del siglo XIX,  en este articulo no nos interesa la identidad de ningún sujeto sino un archivo de prácticas, las cuales hemos denominado como “bandoleras”; en segundo lugar, porque nos servimos de la imagen audiovisual, no como mecanismo de categorización sino como mecanismo de subversión de categorías; y por último, no se trata de  un archivo de control con límites claros sino un archivo abierto y poroso, de juegos disruptivos y articulaciones contingentes.

Más que una esencia universal e inalterable la masculinidad es un efecto de la cultura, una construcción, una performance, una mascarada. Steven Cohan y Ina Hark

La masculinidad es un concepto cuestionado/cuestionable por el arte contemporáneo. Tal y como sugiere Leo Bersani, explorar “en qué medida imágenes manifiestas y sublimadas de la dominación y el poder masculinos participan en la formación de actitudes sexistas, racistas, clasistas y homófobas.”

Actualmente, una parte de la sociedad comienza a tomar conciencia de la multitud de identidades de género posibles y a la existencia de diferentes maneras del ser “masculino”. En esta ocasión, el arte ha desempeñado un papel clave en exhibir y hablar en voz alta sobre cuestiones que en la sociedad se dejan percibir con cierta dificultad, aprovechando las nuevas herramientas y plataformas con las que cuenta. A su vez, queremos dejar constancia que no pretendemos darle al arte  un protagonismo exclusivo, ya que es innegable que no es solo el arte el que actúa como el cauce primordial o precursor de los nuevos significados de la masculinidad en la sociedad,  existen numerosos agentes sociales que están luchando contra la hegemonía  patriarcal en diversos ámbitos, nuestro interés por el arte radica en particular, como lo hemos apuntado ya, en la potencialidad que tiene como herramienta de trabajo y difusión. Veremos cómo, a través de estas nuevas praxis, se han materializado esas “masculinidades alternativas”, que en su día ya fueron representadas en la obra de artistas como Robert Mapplethorpe, Yasumasa Morimura, Derek Jarman o Jack Smith.

En estos últimos años diferentes artistas están cuestionando el estereotipo masculino tradicional y a través de sus obras están ampliando los puntos de vista sobre los comportamientos y actitudes masculinos, escapando de las convenciones establecidas y las codificaciones impuestas. Una vez desenmascarado ese engaño, la masculinidad deja de ser una esencia y se convierte en algo tan histórico y contingente como la constitución de ser “hombre” ha demostrado ser. Y es en este sentido donde vemos el carácter performativo del género, continuamente desplegado como una compleja puesta en escena de autorrepresentación y autodefinición, como nos recuerda Judith Butler. La identidad de género no es algo neutral, sino que actúa como un ideal coercitivo que tiene la misión de proteger la norma hegemónica del heterosexismo y la misoginia. Como ha escrito Pierre Bourdieu: “La fuerza del orden masculino se ve en el hecho que no le hace falta justificarse: la visión androcéntrica se impone como neutra y no tiene necesidad de enunciarse en discursos que tienen como objetivo legitimarla. El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se ha fundado.”

No hay un solo tipo de masculinidad, más bien se produce una masculinidad hegemónica que se crea y recrea en relación con otras. Por ello, más que hablar de masculinidad habría que empezar a hablar de diferentes masculinidades. Tal y como indica José Miguel G. Cortés en “Hombres de mármol: Códigos de representación y estrategias de poder de la masculinidad”, los iconos de mármol han caído de sus pedestales y las figuras erguidas y pulcras están dejando paso a unas más frágiles y vulnerables, pero también más ricas y plurales.

Las imágenes, al igual que el lenguaje no son neutrales, sino que están atravesadas por los diferentes condicionamientos sociales, y es mediante las imágenes que se ejerce la dominación simbólica y la construcción del sentido común.

 Cuando la condición construida del género se teoriza como algo radicalmente independiente del sexo, el género mismo se convierte en un artificio vago, con la consecuencia de que hombre y masculino pueden significar tanto un cuerpo de mujer como uno de hombre y mujer y femenino tanto uno de hombre como uno de mujer. Judith Butler

Con respecto a la identidad sexual, en el “Género en disputa”, Butler defiende que la heterosexualidad esta asentada sobre prohibiciones, donde una de sus mayores prohibiciones es la homosexualidad. El homosexual no seria, por definición, masculino. Para llegar a ser un hombre, esta lógica requiere repudiar la feminidad ( o lo que entiende por feminidad, mas bien), para acabar con cualquier tipo de ambivalencia. Si consideramos que el género es adquirido, que se asume en relación a ideales inalcanzables para cada uno, entonces la feminidad, al igual que la masculinidad, es un ideal que siempre, y sólo, se puede imitar.

A pesar de algunas interpretaciones equivocadas que entienden cierta defensa de lógicas particulares como esencialistas, la teoría queer no sostiene ningún tipo “identidad unitaria alternativa” cuando realiza su crítica a la dominación masculina y a los poderes que acompañan al concepto “heterosexual”. Es decir, no localiza “la verdad” en otra identidad.  No hay que olvidar que una de sus bases es el enfoque post estructuralista de los modelos representacionales del lenguaje como modo de deconstrucción de las pretensiones de “fundación” de un “sujeto homosexual” ya que este nuevo “concepto” desembocaría de nuevo en el binarismo que domina y excluye a los que Jacques Derrida denomina “no presentes” o “colectivos difusos”.

Algunos críticos sostienen que la fuerza subversiva de la teoría queer ha ido decayendo y habría quedado restringida a ciertos círculos académicos elitistas; nosotros consideramos que, más allá de lo relativamente acertadas que pueden ser estas observaciones, las manifestaciones de la “disidencia de género” no sólo siguen vivas en la academia -no hay que olvidar que no nacieron allí- sino también, y esto es mucho más importante, existe una fuerte dinámica de trabajo por parte de  las nuevas organizaciones de activismo político y social, quienes continúan las luchas heredadas  y participan en el  intenso proceso de confrontación de discursos y prácticas.